Vitoria-Gasteiz, una ciudad para pasear

Hace un tiempo, durante un puente festivo, estuvieron por Vitoria-Gasteiz mis amigos Fernando y Maribel con los niños. Alex, mozalbete de 12 años, inquieto, vivaracho y muy preguntón,  y Sandrita, una enanita de largos cabellos rizadísimos, mirada encantadoramente tímida, que casi nunca soltaba la mano o la chaqueta de su padre. Me costó convencer a Fernando y Maribel para que se animaran a disfrutar un fin de semana en mi ciudad. Ellos ya conocían "el norte", pero a Vitoria-Gasteiz no habían venido hasta entonces considerándola "proviniciana, con pocos atractivos y carente de interés para ella y los chicos". Conseguí engatusarlos con la promesa de que no se arrepentirían, ni ellos ni los pequeños.

Llegaron en su auto el jueves avanzada la tarde. El viaje desde desde Madrid les resultó cómodo, apenas algo más de 4 horas con parada incluida. Podían haber elegido el autobús, tren o avión, pues desde Madrid (y todos los demás rincones de España), acceder por carretera o ferrocarrl es lo más habitual, pero ellos tenían la suerte añadida de que el único aeropuerto que enlaza con la capital vasca es el de Barajas. Por lo demás, Foronda se ha convertido en una importante terminal para el transporte de mercancías.

Mis amigos podían haberse alojado en cualquiera de los hoteles que se ofertan: todas las categorías con su correspondiente abanico de precios. El que hubieran elegido, no les habría alejado más de 30 minutos, como mucho, del centro urbano. Pero eran mis invitados, y en casa estaba todo preparado para acogerles... incluso una agenda de actividades suficientemente sugerente o, al menos, preparada con detalle y mimo por mi parte.

Tras los efusivos abrazos, bromas a Alex y alguna carantoña a Sandrita, nos montamos en mi coche y fuimos al Boulevard, una enorme superficie comercial situada muy cerquita del Parque de Arriaga, quizás el más emblemático de la ciudad junto al de La Florida. Aunque no soy asiduo de este tipo de centros, mi plan consistía en ganar la confianza de los niños desde el primer momento: en el Boulevard Sandrita pudo disfrutar unos minutos del TxikiPark, y luego con su hermano devoró una ración de pizza mientras los mayores cenábamos unos ricos platos en un acogedor espacio de la planta superior. Para terminar la velada y antes de llevar a los niños a descansar, estuvimos tomando unos batidos en un tranquilo pub de la zona nueva en el barrio de Lakua.

A la mañana siguiente, sobre las 8, escuché ya ruido en la cocina. Me acerqué y allá estaban Maribel y Sandrita, ésta con un tazón de leche, una galleta a medio morder en una mano, y un paquete entero en la otra. Mi amiga me contó que la niña extrañó su cama, y de madrugada se introdujo bajo las mantas entre su padre y su madre. Algo se iluminó en aquellos ojazos de mirada tan tímida, cuando le dije que en un ratito tenía preparada una sorpresa para ella y su hermano...

Cuando todos hubimos desayunado y alistado, volvimos a montar en mi auto y nos encaminamos al Anillo Verde de Salburúa, un parque situado en las proximidades de Vitoria-Gasteiz. En realidad, el "anillo verde" es mucho más que Salburúa, pues circunda realmente la ciudad en un proyecto medioambiental que trata de proteger y mimar los espacios verdes de los que disfrutamos. Pero este coto lo había escogido para pasear conversando apaciblemente con mis amigos entre una espesa vegetación, lagunas y fauna (ciervos y varias clases de aves migratorias) que, cómo no, impresionaron a los pequeños. En un punto, llegados a la caseta de observación, Alex y Sandrita saltaban de una exclamación a otra mientras se intercambiaban los prismáticos: uno conseguía ver cómo se componía las plumas aquel ánade, y a continuación la otra le respondía que había observado cómo la mamá era seguida por sus polluelos laguna adentro...

Cerca del mediodía, estábamos en la calle Cuchillería, la Cuchi. Los nombres de las calles de la Almendra Medieval reflejan los oficios que antaño se desarrollaban en las mismas. Aprovechamos para visitar el museo de naipes de Heraclio Forunier. Por allá y alrededores, Cuesta, Pinto, Herre, dábamos una vuelta mientras Maribel hacía algunas compras de artesanía y embotados. Paramos en algún bar a tomar vino con su correspondiente pintxo en un acto tan típico de aquí como del resto de cualquier pueblo vasco: el poteo. Claro, que en vez de cuadrilla éramos una pareja con sus retoño y yo. Y en vez de hablar de la última gesta del Baskonia o los vaivenes del Alavés, los temas de conversación eran los Arquillos, el empedrado de la Plaza del Machete, la Torre de San Miguel o la hornacina de la Virgen Blanca. Foto a ésto, foto a aquello.

Comimos por la zona. Teníamos multitud de restaurantes para escoger, tanto de comida tradicional, nueva cocina vasca, como otras que se han incorporado estos últimos años, sobre todo de origen latino. Disponíamos de más dias y noches, y por tanto, decidimos quedarnos en el Casco Medieval y no bajar al Ensanche.

Tras ello, pregunté a los chicos si estaban cansados de tanto caminar durante la mañana. Cuál sería mi grata sorpresa al responderme ambos que no. Se lo estaban pasando bien.

Continuamos recorriendo la parte vieja, sus murallas, los edificios emblemáticos como el Palacio de Montehermoso, la Torre de Doña Otxanda (alberga el museo de Ciencias Naturales), la posada que fue El Portalón, iglesias de San Vicente y San Pedro... En uno de los cruces, bajando el cantón, arrivamos a la calle Francia y dimos un pausado recorrido por el Artium.

Bien entrada la tarde, tenía reservada visita guiada por la Catedral de Santa María, Catedral Vieja, que desde hace unos años está "abierta por obras", según reza su slogan turístico. Impresionan realmente las excavaciones que se vienen efectuando, lectura imperecedera de cómo vivían nuestros antepasados. Impresión que no solamente se llevaron Fernando y Maribel, sino los más de 300.000 visitantes de toda procedencia, algunos tan ilustres como Paulo Coelho, Ken Follet, José Saramago o Arturo Pérez-Reverte.

El sábado la mañana comenzó dando protagonismo al ejercicio. Sí. Había alquilado un frontón en el complejo de Mendizorrotza, en los Beti-Jai, y allá estuvimos pasando una hora superdivertida (aunque Sandrita agarró más de un berrinche porque su hermano no le devolvía la pelota donde ella pudiera alcanzarla). No se debía acordar mucho de esos enfados con él cuando la vimos correr de un lado a otro participando en los juegos infanitles que el Ayuntamiento había organizado en la Plaza de España, cuyos monitores aguantaban como podían la avalancha de la chiquillería.

Creí que los niños ya tenían suficientemente baja su reserva de energías, y llevé al grupo a dar una vuelta por las calles Dato, Postas y Fueros, con su plaza obra de Eduardo Chillida y Peña Ganchegui. Por esas calles y adyacentes San Prudencio, Independencia, Olaguibel, Manuel Iradier, etc., encontraríamos diversos locales hosteleros para conversar chiquiteando los mayores. Y para degustar algunos de los pintxos más laureados en diversos concursos grastronómicos.

El dia lo completaron una ronda por el Centro Cívico Aldabe, donde los niños escucharon un cuentacuentos dentro del programa Gauekoak, más una función de marionetas, y nosotros, tras dejarlos al cuidado de mi hermana, cenamos en una sidrería del Alto de Armentia, terminando la noche al amparo de varios pubs del centro, bien en agradables tertulias bien disfrutando con sesiones de jazz.

Por fin llegó el domingo, y una clara mañana puso el ambiente perfecto para el último plan de la agenda que les tenía preparada.

Desde el parque de La Florida, caminamos dando un paseo dejando a derecha e izquierda jardines, árboles centenarios, y tomamos el Paseo de La Senda, bordeado de casonas y chalets, hasta parar durante una hora en el Museo de Bellas Artes, precioso y suntuoso Palacio de Augustín-Zulueta, construido a principios del siglo XX. Luego, continuamos nuestro paseo hasta llegar al parque de El Prado, donde los niños pudieron volver a disfrutar de juegos al aire libre tutelados por monitores. De vuelta a casa, recorrimos la Avenida de Gasteiz, parando de cuando en cuando en diversos establecimientos hosteleros donde sabía que mis invitados podrían degustar las diminutas excelencias gastronómicas que son nuestros pintxos. Les obsequié con una cajita de botellas de excelente vino de Rioja Alavesa, de una de las múltiples marcas de calidad que se vendían con esa denominación de origen, y para los niños hubo un paquete de dulces artesanales que compré durante este último paseo; muchos nombres y establecimientos han dado merecida fama a la repostería vitoriana.

Ya en casa, descansando y sin prisa por partir, los chicos veían relajados y satisfechos una película mientras Maribel y Fernando repasaban en mi ordenador algunas instantáneas tomadas durante el puente festivo. En algunas, se detenían un poco más que en otras para comentar las sensaciones que les produjeron. Y yo les dije que, efectivamente, podríamos haber desarrollado otro plan, otra alternaiva, que las hay; pero lo que traté fue precisamente prepararles una estancia por la que guardasen gratos recuerdos vividos con los cinco sentidos. Por cómo me miraron y sonrieron supe que querían decirme: "hemos acertado pasando este puente en Vitoria-Gasteiz".

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