Educación y tecnología

Los docentes de todos los níveles, hemos visto con mucha preocupación, la baja preparación de nuestros estudiantes cuando los recibimos en nuestras aulas. Ello ha llevado a plantearme una interrogante: ¿qué está pasando con nuestros jóvenes? Para tratar de responderla voy a dar una visión, muy general, de la influencia de la tecnología sobre la educación.

Veamos. En las décadas de los 70 y 80 del siglo veinte, nuestros maestros y profesores, nos exigían aprendernos cosas básicas desde los primeros grados de educación primaria: las tablas de sumar, restar, multiplicar y dividir; el alfabeto, de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo; los signos de puntuación, el himno nacional, los símbolos patrios, entre otras. ¡Ay! de quién osara olvidar algunas de ellas: éramos castigados con la anuencia de nuestros padres. Las calculadoras, cuando aparecieron, eran solo para los estudiantes de cuarto y quinto año. Así, todos salíamos con una base envidiable en matemáticas. En el área de Castellano y Literatura, la obligatoriedad de leer a los grandes escritores de la humanidad era un reto para cada uno de nosotros: El Quijote de la Mancha, el Popol Vuh, María, Doña Bárbara, Memorias de mamá Blanca, grandes autores de  la poesía latinoamericana, y otras, ya pérdidas en las telarañas inexorables del tiempo.

Al ingresar en la Universidad, nuestros profesores iniciaban los programas de sus asignaturas, en la mayoría de los casos, sin realizar jornadas de repaso de lo aprendido en el bachillerato. Sabían nuestra capacidad para seguirlos, pues nuestros conocimientos eran sólidos, y a pesar de ello, más de una vez resbalamos en los parciales, y peor aún, para reparación. En el peor de los casos, a repetir, pero aquí ya sabíamos como afrontar la materia, y con un poco de esfuerzo, la aprobábamos.

 

A principios de los 90, se comenzaron a aplicar técnicas modernas en el proceso enseñanza-aprendizaje, apareciendo las jornadas de repaso, las pruebas exploratorias al comienzo del curso, nuevos métodos de evaluación, en otras palabras se les fue haciendo un camino más sencillo al estudiante, para fijar el conocimiento. Lo cual evidentemente, mejoró la forma de aprender, pues se aplicó la metodología de aprender haciendo, lo cual para la enseñanza de las ciencias y las artes, es espectacular, pero en esos años muy importante: la tecnología, y con ella una serie de problemas para el apareció algo proceso educativo. Voy a tratar de explicarme.

El primer gran impacto de la tecnología en la educación, en mi opinión, fue la aparición de las calculadoras electrónicas, las cuales permitieron a los estudiantes universitarios realizar cálculos complicados en cortos períodos de tiempo, pues anteriormente se realizaban con la regla de cálculo. Con el paso de los años, su uso se extendió a todos los níveles de la educación, conllevando un gran problema: ya los muchachos no querían aprenderse las tablas, pues las máquinas hacían el trabajo de pensar. A medida que avanzaban en sus estudios, su uso se hizo imprescindible.

Así llegamos al siglo XXI, donde los docentes ya afrontamos problemas más graves con el aprendizaje de las matemáticas, pues un bachiller no puede, en la mayoría de los casos realizar una sencilla operación de suma de cuatro columnas, o una multiplicación con multiplicandos de dos o tres veces, y el terror de todos: la división. Aquí se quedan pasmados, aterrorizados, no dan pie con bola. Ni se te ocurra pedirles que resuelvan ejercicios sencillos con potencias, y, ¡oh terror!, ecuaciones con una incógnita: eso es demasiado difícil. Ni pensar en la radicación, álgebra sencilla de octavo grado, trigonometría, es el acábose.

Ahora bien, si por otro lado un docente en primaria o secundaria pretende exigirle a un estudiante el aprendizaje de las tablas, le llega el primer lugar el(la) Orientador(a) del plantel, pues ello va contra el desarrollo del niño o el joven; luego, si ella o él no lo hacen, aparecen como ogros los padres reclamando el alto nivel de exigencia. La experiencia se repite en todos los años de primaria, y cuando el joven o la joven, aparece en Bachillerato viene la debacle: el número de aplazados en Matemática es alarmante, en algunos casos con profesores exigentes, alrededor del 80%, y enseguida se le pide realizar actividades remediales, con la consecuente reducción de su tiempo para avanzar en el programa. Ni se te ocurra prohibir el uso de la calculadora: eso es un pecado mortal. Se te viene el cielo encima. Todo ello causa un sentimiento de frustración en el docente, quien ve perdido su tiempo dedicado a la enseñanza.

Dejemos las matemáticas de lado y veamos el problema de la lectura. Hoy en día, la lectura es un embrujo para los niños y jóvenes, pues solo en contados casos los estudiantes leen algo de lo asignado en Castellano y Literatura. Existe una pereza y una apatía hacia el arte de leer. Ni que decir, de la escritura. Eso es otra historia.

De nuevo, la tecnología tiene mucho que ver. La aparición de las computadoras ha hecho que el estudiante cuando va a realizar una asignación en tal asignatura, recurre a ella como la panacea, pues hay páginas donde ya están realizados los análisis de las novelas, poesías, obras de teatro, por lo tanto, vamos a lo sencillo: copiamos y pegamos. Trabajo realizado, y por supuesto, si el docente no le califica con veinte puntos, ¡arde Troya!. Además se presenta una dificultad adicional, es necesario leer todos los trabajos, antes de calificarlos, pues es necesario encontrar las copias, para evitar colocar notas diferentes, lo cual lleva al reclamo subsecuente de los involucrados.

Los docentes han tomado el camino de realizar los trabajos dentro del salón de clase para tratar de incentivar la lectura, el análisis, la síntesis, pues de otra manera se pierde el esfuerzo del profesor. Ello conlleva mayor esfuerzo, pero es una manera de lograr el objetivo del programa de Castellano y Literatura: aumentar la capacidad analítica del estudiante, así como crear en él el amor por la lectura.

Para finalizar, creo necesario que los docentes de todos níveles nos revisemos y nos planteemos nuevas técnicas y metodologías para aumentar el interés, y por ende el rendimiento de nuestros estudiantes, pues de otra manera nuestro esfuerzo solo será aprovechado por una minoría, lo cual a mi juicio, no es el deber ser de un docente, pues estamos obligados a incentivar en todos los muchachos el amor por el aprendizaje. Ese  es nuestro reto, para poder superar el gran reto que la tecnología le ha planteado a la educación.

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